El Santiago de Javier Godoy: Fotos de 1988 a 2013

Citadino -libro editado por editorial LOM- reúne 50 imágenes en blanco y negro de la capital, las que Godoy realizó en recorridos de hasta cinco horas en las extintas micros amarillas que cruzaban la ciudad y en caminatas que lo llevaban desde los oscuros cafés con piernas, hasta el Estadio Nacional con la barra brava de la U. El fotógrafo urbano, que también trabajó en prensa y hasta ofició de paparazzi, habla de los rincones de Santiago (los que ya no están y los que siguen a la vista) y del rol de la fotografía como documento histórico del país: “Me gusta preservar la memoria de lugares que van a cambiar radicalmente”, dice.

Por Matías Castro.

A temprana edad Javier Godoy (1965) conoció la fotografía, al observar a su padre que trabajaba registrando matrimonios, bautizos y fiestas sociales de la capital. Pese a tener acceso a este interesante mundo, no se involucró mucho y si bien tomó algunas fotos en la adolescencia, decidió estudiar Filosofía y luego Sociología en Valparaíso. Carreras que no terminó.

Luego de eso, con un Javier entrado en los veintitantos, comenzó a ver algo especial en la fotografía: “Lo empecé a tomar más en serio, a guardar las fotos, a tomarles cariños a algunas”, dice sentado en su oficina a pasos del Parque Bustamante. Luego hojea el libro Citadino y se detiene en una página. Se trata de una imagen que capturó en el Club Hípico en 1988 y que marcó un punto importante en su vida: después de mostrar esa fotografía y recibir buenos comentarios, se lanzó a registrar Santiago caminando, en micro y en Metro.

Godoy es un orgulloso conocedor de Santiago, en este libro se ven muchas calles, ya sean distintos puntos de la Alameda o alguna callecita anónima, y también está el acceso de este fotógrafo documental, que entra sin problema a iglesias, locales de apuestas de caballos, bares en que se mira fútbol y se bebe para celebrar o pasar las penas.

– ¿Cómo fue el acercamiento a la fotografía con un padre que era fotógrafo de matrimonios?

Él sacaba fotos en eventos sociales y también hacía foto carnet. Aprendió la fotografía como un oficio y se dedicó a eso, a registrar matrimonios, bautizos, cosas así. En esos años no todos tenían cámaras y él hacía el laboratorio también, entonces conviví con las películas y los químicos en la casa o en la oficina que tenía mi papá en el centro. Ahora, no era lo que mi padre quería que yo hiciera.

– ¿Cuáles fueron tus primeras fotografías?

Recuerdo que armamos un movimiento contracultural en el colegio, hacíamos varias cosas y entre medio yo metía las fotos. Esto a primera mitad de los 80, pero no me engrupía del todo, no lo veía como una posibilidad. Eran fotos de estereotipos recurrentes, como la pobreza y algunas cosas que pasaban en la ciudad, recién estaban empezando las protestas contra la dictadura. Hasta que compartí con un amigo que su familia era muy cercana al cine, ahí empecé a enganchar mucho más fuerte. Sacaba fotos con la cámara de mi papá o con la de mi amigo, porque no es la clásica historia que a los 14 años me regalaron una cámara y salí a fotografiar, no, jaja. Entonces ahí la cámara ya no me la prestaban un día, sino que me la quedaba un buen rato. Pero recién a los veinte y tantos lo empecé a tomar más en serio, a guardar las fotos, a tomarles cariños a algunas.

– ¿Cómo fue tu formación en esos primeros años?

Hice unos pequeños cursos, me puse a leer, ir a bibliotecas a buscar libros de fotos. Iba al Instituto Chileno Norteamericano de Cultura, que en una casa en Moneda tenía una biblioteca súper interesante con fotografía clásica y callejera. También iba a la Biblioteca Nacional a revisar revistas de época, como El Siglo.

– Normalmente es un proceso, pero muchas veces se intenta identificar la toma de una decisión en un momento determinado. Eso ocurre con la fotografía del Club Hípico (que sale en Citadino), con ella te convences de ser fotógrafo.

Esa foto tiene 28 años ya. Fue una tarea y empezaron a salir fotos, hay algunas que me gustan hasta el día de hoy. Ahí estaba empezando a conocer a otros autores, empecé a conocer gente que me prestaba otros libros y sale esta foto que es un click importante. Me gustó el resultado y seguí buscándola, hasta el día de hoy, jaja.

– En el libro hay fotos de Santiago durante la Copa Libertadores del 91 y el Mundial de Francia 98. Te gusta el fútbol.

Me gusta el fenómeno social del fútbol, por eso fotografío a la gente mientras lo mira. Las fotos del Mundial las hicimos entre varias personas para un proyecto que quedó en el camino, eran fotos en distintos lugares de Chile de gente viendo el Mundial de Francia, porque nuestro país no participaba desde España 82, de cuando yo estaba en el colegio.

– También aparece una imagen de la serie sobre la barra brava de la U: Los de Abajo. Me recuerda cuando iba al estadio de chico y como todos eran más altos que yo, solo veía manos, banderas, siluetas y apenas un pedazo de cancha, como en la foto.

De chico iba con mi hermano a ver a la U al Estadio Nacional, entonces son imágenes que me quedaron, hay mucho de mi imaginería de niño en mi trabajo fotográfico. Tiempo después, en el resurgimiento de la U en los años 90 me metía a la barra y sacaba fotos. Ahora hay asientos en el estadio, pero en esa época era de tablones, entonces si estabas abajo quedabas bien hundido, y desde ahí tomé la foto. Ese trabajo lo hice los años 94, 95 y el 96 con la Copa Libertadores, ahí viajé con la barra a Buenos Aires para el partido con River Plate, que fue una catarsis máxima. (De hecho existe una espectacular crónica de ese viaje: Una granada para River Plate, de Juan Pablo Meneses).

-En varias fotos estás encima de la acción. ¿Cómo logras ese acceso al interior de un café con piernas por ejemplo?

En el café estaba autorizado y tuve que ir dos veces. En la primera no quería salir nadie, pero en la segunda oportunidad quisieron salir, porque yo quería el ambiente completo, que uno vea la foto y se aprecie la forma del lugar. Los hombres igual se tapan un poco la cara, pero al menos no se arrancan. Pero trato de ser respetuoso, de fotografiar situaciones en las que soy aceptado, lo que requiere un trabajo mayor. En ese sentido la inmediatez no es muy buen aliado, los procesos documentales son siempre largos. Pero yo no tengo que despechar la foto en el mismo día para que sea publicada como una noticia, ni tampoco estas fotos fueron perseguidas para terminar en un libro. Tenía mi tiempo.

– De hecho las fotos las tomaste desde 1988 hasta el 2013. Se ven cosas que ya no están, como las micros amarillas por ejemplo. ¿Qué otros cambios has observado en la ciudad durante ese período?

(Toma el libro y muestra la foto de la Alameda de la portada) Mira este cruce de Alameda con Ahumada aquí, ahí va el bandejón, pero pronto va a volver a cambiar con los nuevos arreglos. Una de mis motivaciones es la fotografía como un registro, es principalmente un documento social, político, de una determinada época. Este trabajo es necesario, en 30 años más puede ser material de estudio cuando alguien quiera ver cómo era Santiago a finales del siglo XX y principios del XXI. Hay lugares que ya no existen, como el bar El Parrillón, que estaba en Merced. El café El Barón Rojo, que tampoco existe. A esta entrada del Metro en Universidad de Chile le pusieron un techo, entonces nunca más va a tener esta luz (muestra la foto). Las micros amarillas ya no existen. El café Santos no existe. La calle Merced, está parte está súper cambiada, igual que la pileta de la Plaza de la Aviación. Me gusta preservar la memoria de lugares que van a cambiar radicalmente. Si no tienes un registro de eso ¿cómo lo vas a recordar? Como estos cambios ocurren a cada rato, esta es una urgencia, es algo que me motiva.

Asumes esta “tarea social” del fotógrafo.

Es el tipo de fotografía que me gusta y lo hago con el tiempo que requiera. Por ejemplo para las fotos de las micros estuve más de un año dando vueltas, fue mucho trabajo. Hacía los recorridos más largos de Santiago, de Casas Viejas, por Puente Alto, hasta Pudahuel. Eran como dos horas y media en llegar de un punto a otro, en dar la vuelta completa eran cinco horas. Había otro que era Pudahuel–Lo Barnechea, otro desde Rinconada de Maipú hasta La Pintana. Busqué los recorridos de norte a sur más largos, en los que la gente cruza la ciudad para ir a trabajar.

– ¿Qué opinas del auge de cuentas que publican fotografías sobre Santiago y otras ciudades en distintas redes sociales, como Instagram?

Hay una cantidad de información abrumadora en Internet, así que cacho algunas, me gustan y las veo. Salir a hacerte cargo, a ocupar, recorrer y conocer el espacio en el que vives me parece necesario. Sobre todo en una sociedad tan segregada, donde los de allá no bajan para acá, y los de acá abajo no van para allá. Pero tener 800 mil likes en una foto de Instagram no quiere decir que hayan 800 mil personas dispuestas a adquirir un libro de fotografía. Puede ser un alma de doble filo: ¿esos likes son realmente un interés real sobre la fotografía? Es súper fácil ponerle me gusta a una cuestión, pero averiguar qué hay detrás, informarse, va mucho más allá. Me parece que ese formato está bien, pero puede ser un poquito light también, un poco fácil.

– Haces fotografía de autor (exposiciones Parque, Los del barrio y Se pasó la micro) y también trabajaste como paparazzi: tuviste que perseguir a Cecilia Bolocco en medio de su romance con Carlos Menem. ¿Se pueden separar ambas áreas o en algún momento se terminan juntando y se retroalimentan?

Trabajé en distintos medios, cuando estaba en lugares donde participaba de reuniones de pauta podía meter temas de cosas que me interesaban y que terminaban siendo publicadas, ahí se cruzaban los trabajos. Las considero en mi archivo con orgullo y satisfacción, por haber logrado hacer ese tipo de trabajo en esos medios. Publicar en la Revista del Domingo de El Mercurio un reportaje sobre Chiloé en 1996, para mí fue la raja. Un reportaje sobre el Servicio Militar en Punta Arenas, a través de la Zona de Contacto, que si no hubiera sido por El Mercurio no entró ni cagando, ya que estaba Pinochet de Comandante en Jefe.


Sobre el fotógrafo:
Javier Godoy Fajardo (Santiago, 1965). Formado en el Instituto Arcos, su trabajo ha sido incluido en diversas exposiciones nacionales, como “Chile en 100 miradas”, “El Artificio del Lente”, en el Museo de Arte Contemporáneo, y en muestras internacionales como “La memoria oxidada”, Italia; “Apuntes del cotidiano”, Marruecos; “Iberoamericanos 2009” y el Mes de la Foto, en París. Los títulos de sus tres últimas exposiciones, Parque (2015), Los del barrio (2008) y Se pasó la micro (2006-2007), expresan fielmente la mirada dominante de su obra mayoritariamente documental. Ha recibido premios en el Salón Nacional de Fotografía de Prensa, Chile, en 1996, 1997, 2000 y 2002. También el Premio Villa de Madrid, en 1998. En 2006 fue nominado al Premio de Fotografía de la Fundación Nuevo Periodismo.


Datos del libro:
Título: Citadino.
Autor: Javier Godoy Fajardo.
Sello: LOM.
N° de páginas: 108.
Año: 2016
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En librerías del país y tienda en línea de LOM.

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