Octubre Escandinavo

Ha estado terco el invierno, no parece estar muy de ánimo en emprender retirada. Y con las lluvias y fríos sorpresivos vienen las quejas: «queremos verano» sería el resumen unísono. Pero como faltan dos meses para el solsticio, y aunque se entiende la ansiedad por andar con manga corta, creo que la actitud hacia esta primavera debiera ser más indulgente. Los vientos nos dan un aire limpio que después del traumático conjunto de preemergencias es como estar en el olimpo; los cerros están más verdes que nunca, hasta los bandejones pelados hoy son unos exuberantes jardines silvestres; y los atardeceres llegan con unos colores para volverse loco.

El otro día un aguacero como los de las películas me pilló en plena calle, camino a un trajín latero que tenía que hacer por Patronato, justo cruzando el puente Loreto hacia Recoleta. Como apenas podía ver busqué refugio en la primera puerta que vi venir mientras avanzaba a zancadas. Ya adentro, un silencio tranquilo, música suavecita y un delicioso olor a café, no hicieron nada más que aumentar esa sensación de protagonista de una escena de cine europeo que había empezado mientras pisaba torpemente los charcos. Qué ridículo. Pero el contraste entre el caos de afuera y la paz de este lugar, me confundió hasta el punto de hacerme sentir que ese día estaba dedicado a mí. Por quién, no tengo idea.

Lo que sí sé es que jamás había visto este lugar en el que había ido a parar por casualidad, siendo que conocía más o menos bien la esquina. Unas pocas vueltas con la mirada y pude distinguir inmediatamente la calidad y dedicación con que fue armado este ambiente de aires nórdicos. Muchas veces se opta por un diseño ultra moderno para el interior de un local y terminan saliendo unos especímenes fríos, poco acogedores y con pinta de maqueta. Acá, la cosa es distinta, se ve (y se huele) la claridad mental de los que participaron armando este proyecto.

Iba a pedir un café cuando por la ventana vi que la lluvia amainaba… la realidad me hizo salir de mi película interior y asumir que tenía poco y nada de tiempo para hacer el trajín que me esperaba. Salí a la calle, pero antes pregunté por el nombre, porque el logo en una de las pantallas sobre la barra no se entiende a la primera: København (Commuter Coffee). Difícil el nombre, pero ya rumbo a la imprenta y después de haber visto por fuera la otra mitad del local que parece ser una tienda de bicicletas, lo pude descifrar: «København» es el nombre de Copenhague en danés; «commuter» es una sola palabra en inglés para algo que en castellano significa como «el que se desplaza a diario al trabajo» (he ahí las bicicletas); y coffee… bueno, no es necesario explicar tanto.

København abrió hace un par de meses en la esquina de la calle Loreto con Avenida Bellavista, al lado del ya anciano El Toro, y al frente de la chiquilla nueva del barrio, el Sarita Colonia. Además del buen café, de las ricas masas dulces, de lo agradable y luminoso para instalarse por horas, tiene a un lado y separada por un pasillo, una tienda especializada con unas espectaculares bicicletas y accesorios de primera línea.

Siguiente día de lluvias intermitentes y aquí estoy, escribiendo sentado en la barra que se extiende a lo largo del ventanal. Misma sensación exterior e interior (salvo que mi ropa no está estilando) con el café que tenía pendiente y una hermosa sorpresa, esas galletas nórdicas de barquillo rellenas con caramelo y que se ponen sobre la taza para que el vapor vaya ablandando su interior. No puedo pedir más… que vengan más lluvias primaverales.


København Commuter Coffee
Loreto 19, Recoleta (esq. Bellavista)
www.kobenhavn.cl

 

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